El 26 de abril de 1986 el mundo se estremeció con la explosión del reactor número 4 de la central nuclear de Chernobyl, en la actual Ucrania. Y 35 años después sigue horrorizando el cómo y por qué ocurrió, el oscurantismo de las autoridades soviéticas y las miles de vidas humanas segadas por ese "pequeño incendio".
Es verdad que nunca sabremos calcular la inmensidad del desastre, pero afortunadamente la vida siempre se abre paso. De Chernobyl se ha hablado todo lo habido y por haber. Rara vez hay algo novedoso, si bien HBO conquistó a público y crítica con su excelente serie homónima. Y años antes, Iker Jiménez ponía los pelos de punta con un documental perfecto de principio a fin, donde se hablaba del accidente, sus causas y consecuencias, los implicados, el silencio espeluznante de la Rusia comunista. Un trabajo redondeado con una bárbara banda sonora, lleno de humanidad y del carisma que define a su autor.
A ese género el documental, pertenece Chernobyl: 35 años después, dirigido por Ben Fogle y al que precisamente le falta eso, estrella, fuerza... Llámalo magia. Y eso que el británico recorre las salas de la mismísima central, algo insólito. Y las calles de Prypiat, la ciudad fantasma, otrora baluarte del socialismo, para competir con las polis occidentales.

