Ver en pantalla a Tom Hanks siempre es un placer. Hasta en sus trabajos más flojos, como La Terminal, el oscarizado actor es de esos pocos elegidos que todo lo que toca lo convierte en oro. Capaz de dejarte helado con una mirada asesina (Camino a la perdición); conquistar el universo (Apolo XIII); ser un héroe (Sully) narrar la segunda mitad del siglo XX como nadie (Forrest Gump); escapar de piratas (Capitán Phillips); sobrevivir en una isla remonta (Naufrago), poner en jaque a un Gobierno (Los archivos del Pentágono) o hacerte reír a carcajada limpia (Despedida de soltero), Hanks domina cualquier género. Como se dice castizamente: vale para un roto o un descosido, y tiene un talento descomunal.
Yo soy de esos que, además, ha crecido viéndole por toda esa trayectoria cinematográfica. Ir a ver una película de Tom Hanks era y es toda una experiencia, que te hacía y hace esperar expectante, con cierto nerviosismo, que se apaguen las luces y comience la función. La emoción, sea cual sea eso sí, está asegurada. Eso siempre. Y de nuevo está sobresaliente en su último trabajo hasta la fecha: Un amigo extraordinario.
