Siempre me ha fascinado la frase de Jean Paul Sartre: El infierno son los otros. Incapaz de aceptar sus miedos, abrazarlos y trascenderlos, el ser humano ha tendido a lo largo de la historia a mirar fuera lo que siempre estuvo dentro; a culpar a su hermano, al vecino o al extraño de su particular desdicha. Por no reconocer que es el origen y solución de su infortunio, ve en los otros al responsable de sus calamidades y penas.
Frente a esto caben dos respuestas: una triste y retraída, dejarse reconcomer por el odio en vez de asumirlo como propio y liberarlo; o expulsarlo hacia afuera, en un acto de violencia. Se llega a un punto de no retorno, donde el 'demonio' del rencor y la inquina se ha adueñado de la esencia del ser, y se ejecuta un plan de venganza hasta sus últimas consecuencias.
Por supuesto que existen las posesiones, abscesos repentinos de violencia. No hace falta recurrir a la teología o a señores del inframundo para retratarlas. Están a la orden del día. Sin ir más lejos, ocurrió en Santoalla (Ourense, Galicia), en el año 2010, en uno de los episodios más oscuros de la crónica negra gallega y, por ende, española. Un trágico suceso que ha servido de inspiración a Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña para hacer As bestas: un duro retrato de la maldad llevada el extremo.