En los últimos años, el término nostalgia se ha empleado, tanto para hablar de películas como de series de televisión, a la década de los 80. En gran medida, gracias al impacto causado por Stranger Things, últimamente hemos asistido a un revival de productos cinematográficos o televisivos teñidos por un pátina velo ochentero.
En el caso de El final de Oak Street -David Robert Mitchell-, las referencias a esa época son más que evidentes y justificadas, ya que la acción transcurre durante el verano de 1982. La familia Platt disfruta junto a sus vecinos del verano en su tranquila localidad. Una serie de fenómenos extraños -desde el nacimiento de una prehistórica planta en un jardín o la aparición de una montaña de excrementos en otro de los jardines hasta una violenta tormenta nocturna- va a cambiar la realidad del vecindario trasladándolo a la era de los dinosaurios. A partir de ese momento, la idílica existencia de la familia protagonista y sus coetáneos se verá amenazada por la presencia de salvajes reptiles depredadores.
