Desde tiempos inmemoriales, el ser humano ha sentido la necesidad de escuchar historias. Ya fuese por ampliar conocimientos o por mero entretenimiento, desde nuestros primeros antepasados hasta la actualidad, hemos sentido la curiosidad por escuchar o ver relatos contados por un tercero. El teatro, los trovadores en la Edad Media o la figura del narrador, ya fuese un miembro de la población local con gran imaginación al que se le daba bien contar historias o un forastero que relatase sus viajes y vivencias, cumplían esta función.
Con la invención del cine, se veía más que satisfecha la necesidad de conocer otros mundos, hechos que ocurrieron en el pasado o aquello que pudiese suceder en el futuro. No obstante, el arte de contar historias de forma satisfactoria no es baladí. No siempre se consigue llegar al destinatario con eficacia. Eso exige, en primer lugar, una habilidad en el narrador y, en menor sentido, una predisposición en el espectador.
Una de esas obras que, entiendo, requieren que el público se abandone y se deje llevar por una historia completamente inverosímil -como tantísimas otras que hemos visto frente a la gran pantalla- es Exploradores. El filme dirigido por Joe Dante en 1985 se cimenta sobre una idea irracional, la creación por parte de tres adolescentes, Ben -Ethan Hawke-, Wolfgang -River Phoenix- y Darren -Jason Presson-,en el sótano de uno de ellos, de una nave espacial en la que se embarcan para descubrir nuevos mundos interplanetarios.
