¡Qué anodino! ¡Qué triste!. Desgraciadamente es el día a día de muchos, en esa especie de piloto automático. Ni siquiera somos conscientes de la respiración. Es algo involuntario que se hace por no morir, cuando en verdad se está muerto en vida. Los zombies existen, sí.
De repente un día te das cuenta de que el reloj se apaga, tiene fecha de caducidad. Vas a morir y tu vida se ha esfumado. ¿Qué has hecho? Absolutamente nada. Una pobre existencia y similar legado. Pero eso puede cambiar. Cada segundo, minuto, hora y día es una aventura; o puede serlo. Ese es el propósito de la vida, vivirla como venga, sin más. Aceptar los momentos anodinos y transformarlos en odiseas hacia ningún lugar en particular. Empezando, por ejemplo, por ser consciente de la respiración. Un gesto tan básico y que significa todo. Nota como entra y sale el aire de tu cuerpo y date cuenta de que estás vivo y el tiempo es relativo.
Como le sucede a Bill Nighy en Living, remake de 'Vivir' de Akira Kurosawa, dirigido por Oliver Hermanus. Una película pesimista y vitalista por igual, que navega entre ambas orillas, donde el protagonismo recae en el señor Williams, que podríamos ser cualquiera. Un funcionario del Londres de los años 50 que deseó serlo desde niño (quién narices tiene este sueño de infancia). Un tipo hierático, enjuto, insustancial, que vaga como alma en pena en una triste existencia, viudo y con un hijo que sigue los mismos pasos, con el cual es incapaz de comunicarse, regalando una escena, a modo de pastel de carne amargo, que ejemplifica toda esta aflicción.
